domingo, 5 de mayo de 2013

¡Peligro! ¡Empresa tóxica!


¡Peligro! ¡Empresa tóxica!




En tiempos de crisis, la salud de una empresa parece medirse por su cuenta anual de resultados, por los dividendos que reparte entre sus accionistas y el crecimiento de su saldo bancario. Al menos de este aspecto es del que nos hablan continuamente en foros empresariales o los programas informativos. 

En pocas ocasiones se habla del principal capital que tiene una organización, que no es otro que el capital humano. En medio de tantos balances -cifras, gráficos y términos ininteligibles para el común de los mortales – hay quien parece olvidarse de que los equipos de trabajo los componen personas. Y aunque últimamente también se habla de incentivos, conciliación o beneficios extrasalariales, muchas veces forman parte de un discurso, si no vacío, sí bastante empobrecido. 

A la pregunta de si cambiarían de trabajo por uno en el que el ambiente fuera mejor, aunque se cobrase un poco menos, muchas personas responden que sí, que si no se sienten a gusto en el sitio donde trabajan no pueden rendir igual. Y es que hay sitios donde trabajar es más agradable que en otros. ¿A qué se debe? Podemos considerar que existen tres tipos de entornos organizacionales o empresariales. 

Por un lado tenemos las organizaciones sanas, que se caracterizan por propiciar un buen clima de trabajo. En estas empresas la comunicación es fluida y cuando surgen problemas se afrontan sin miedo, puesto que lo importante es resolverlo, y no evitar que desde arriba se enteren de que alguien ha cometido un error. Se fomenta la comunicación y se atiende a las capacidades de cada persona, y también a sus necesidades. 

Las empresas sanas son un imán para atraer a personas talentosas, ya que hay mucha gente que desea trabajar en ellas por la buena fama que les dan su propio personal. Y es un sistema que se retroalimenta a sí mismo consiguiendo tener un equipo contento, altamente capaz y muy motivado que sirve de reclamo para atraer a más personas altamente capacitadas. Como se imaginarán, esto repercute en un mejor rendimiento y, por tanto, en mejores resultados empresariales. 

Si cuando entramos en un espacio de trabajo escuchamos bromas o risas, o simplemente “sentimos” distensión, lo más probable es que las personas que trabajan ahí se sientan a gusto, y es precisamente eso lo que transmiten. Trabajar en una organización sana es motivador, y genera la sensación de pertenencia a un grupo, y esto propicia una mayor implicación en conseguir los objetivos necesarios para que la empresa tenga éxito. 

Otras empresas, sin embargo, muestran signos de que su salud está debilitada. Muchas veces los síntomas pasan desapercibidos, y son cosas tan sutiles como el rumoreo en el centro de trabajo o escurrir el bulto cuando hay algún problema y ocultarlo o dejárselo a alguien del siguiente turno. Otras veces son señales más notorias, como cuando las decisiones se atascan porque todo tiene que pasar por una sola persona que actúa como cuello de botella porque no delega.

Si no se atajan los problemas cuando se empieza a percibir que algo no marcha tan bien como debiera, pasa como con todo: que empeora. Y entonces, la organización deja de estar enferma para convertirse en tóxica para quienes trabajan en ella. El personal empieza a ser más absentista, hay más bajas por enfermedad entre las que abundan las relacionadas con el estrés agudo y crónico, la depresión o el síndrome del quemado (burnout).

En casos extremos, las malas políticas de gestión del personal pueden desencadenar consecuencias verdaderamente dramáticas. Tal vez recuerden como hace algún tiempo salió a la luz el caso de France Telecom (compañía francesa de telecomunicaciones), que hizo saltar todas las alarmas en cuanto a su política de personal tras el suicidio de más de una veintena de empleados en un año, y en la que tuvo que intervenir incluso el gobierno. 

Las empresas tóxicas se caracterizan por un pésima gestión de la información y una desvinculación total del personal con los objetivos, valores e ideario que proponen. De hecho, muchas veces, empiezan a mandar currículos a otras empresas porque el clima se vuelve insoportable y hay un temor continuo a por dónde estallará la próxima vez, generando altos niveles de ansiedad.

Al contrario que las empresas sanas, las empresas tóxicas ahuyentan a las personas altamente capacitadas, que no ven la hora de cambiar de trabajo. Esto repercute inevitablemente en las omnipresentes cuentas de resultados, ya que implica que el personal va cambiando con frecuencia y hay que iniciar nuevamente el proceso de formación y el periodo de adaptación de cada una de las personas que se integra en la empresa. 

De modo que, ¿qué sale más caro? ¿Invertir en propiciar un clima agradable? ¿Tener personal de usar y tirar? Habrá que echar cuentas.